La inesperada aventura gastronómica de Emiliano (Casa Montaña)

La gastronomía es una aventura frenética que lleva por caminos inesperados. Toma sorpresa, ¿no? Y una prueba, otra más, vive en una taberna totémica al calor del Cabanyal.

Casa Montaña es Emiliano (García Domene) y Emiliano es Casa Montaña, un binomio repentino que tuvo lugar de forma casual y que hoy parece estar unido toda la vida. Si pienso en un páter del gusto por los placeres de la vida (y por los del paladar) me aparece Emiliano dándole cuerda a la lengua, charlando y charlando sobre la vida, esto y aquello, mientras van pasando platos y platos imbricados con la herencia, la nuestra. Emiliano lubrica cualquier buena charla, las hace posible, es embajador de las cosas buenas, es el martillo frente a los destarifos por cambiar, es caricia para detectar el talento circundante. Un anfitrión así en cada casa.

Le pregunto -menudo ser perspicaz estoy hecho- por esa aventura gastronómica que le cambió la vida, el viraje trascendental. Emiliano me deja sin palabras a punto del síncope: “no tuve afición por la gastronomía prácticamente hasta los treinta… Incluso pensaba que lo mejor era alimentarme con pastillas que llevaran los nutrientes necesarios”. ¿Estás de broma, Emiliano?.

Un buen día hizo el viaje, se desplazó hasta el lado claro, se encontró cara a cara con los placeres. “Creo que fue el vino lo que me cambió. Descubrí una pasión por tomarlo poco, bueno y comiendo”. El patriarca de Casa Montaña antes de ese desembarco gestionaba bares y restaurantes, “sitios de alcance” en cualquier parte, destinados a responder a necesidades alimentarias rápidas y puntuales. “No me producía satisfacción”.

Cogió al vuelo Casa Montaña en 1994, cuando el mundial de USA, una oportunidad -que- no-podrás- rechazar. Entonces, eureka. “Me apasioné, conocí a los mejores productores, vi de dónde venían y cómo se hacían los mejores productos, me di cuenta de cómo el cliente agradecía cuando le dabas unos alimentos excelentes”. Comenzaba la aventura.

Fue entrar en Montaña y darme cuenta del aura que había allí. Me fue emocionando la relación con los clientes. Emiliano, definitivamente, no es de esos melifluos que contemporizan y tienen miedo a que se les vea la emoción, él conjuga los verbos a flor de piel.

Casa Montaña, esto es Emiliano y su hijo Alejandro, son también lugar de reunión de una ciudad en evolución que se contagia de opiniones distintas, de debates, que se abre entre brisas mediterráneas a culturas de aquí y allá. Más allá del hedonismo, donde se busca la satisfacción, me gusta el trabajo bien hecho. Y ese trabajo lo vinculo mucho al turismo, porque si las cosas se hacen bien, con buen origen, siendo fieles a nuestra historia, eso resulta un diferencial, es competir por la calidad. Emiliano traslada ese discurso hasta la intimidad de la cocina de su casa: «si me tomo unos huevos con patatas los haré con huevos de corral y patatas de secano».

Una ciudad con tipos como Emiliano, con lugares como su bodega, resulta una aventura definitivamente irrenunciable.

uncovercity apuesta por destinos como Casa Montaña, porque aventurarse a sorpresas donde el producto es el rey es un valor seguro. ¿Te atreves?.


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