Carito Lourenço, la dulce aventura argentina de la repostera de Valencia

La prueba de que los destinos son inescrutables, de que cuando uno se sube a un ‘auto’ no siempre conoce el camino, son historias como la de Carito Lourenço, cocinera y pastelera de una Valencia que mira desacomplejada y repleta de futuro.

Ella, en la ciudad por cuestiones tan azarosas como la vida, es la mitad de uno de los proyectos que mejor nos ha agitado en los últimos tiempos. Fierro y Doña Petrona, un tándem junto a Germán Carrizo. Una de esas dupletas capaces, en pocos años, de abrir camino con una bocanada de aire fresco que tumba cualquier resistencia.

Su última creación es la Central de Postres, en Patraix, un estudio de pastelería junto a Julia Ascanio para generar productos sinfín para el mundo dulce, amalgama de inspiraciones que han marcado la vida repostera de Lourenço. Muchos de sus comensales todavía recuerdan su bizcocho de dátil y helado de almendras amargas; el melocotón de viña con vainilla y pan de especia; el Savarin Salva Negra…

¿Pero cómo empezó todo, Carito? Y todo comenzó, como tantas otras maestras gastronómicas, a las faldas de los abuelos, amasando junto a su madre y sus tías, reposteras de toda la vida. Con ellas hizo su primer lemon pie con merengue italiano. Con ellas aprendió la primera gran lección: “la paciencia”.

Y todo despuntó, en Argentina. Cada reunión entre amigos, entre familia, tenía un poco sutil pretexto: juntarse a comer. Cada cual traía su especialidad, lo que mejor le salía. Y fue cuajando el gusto por la cocina, por aprender, por probar, por evolucionar…

Estudiando para acceder a la carrera de derecho, con largas sesiones de estudio, buscó una fuga de escape. Se apuntaría a gastronomía. La pasión iba tomando forma de pleno ‘derecho’. Una vez entró en la universidad encontró en su clase a un joven huracanado llamado Germán Carrizo. Ninguno de los dos podía imaginar que en esa aula estaba fraguándose una de las parejas de mayor latido en la Valencia gastronómica.

Carrizo se marchó a Europa a ensanchar su aprendizaje gastronómico y acabó en Valencia. Diez mil kilómetros de Mendoza al Mediterráneo, yendo a parar a los designios de Vicente Torres, en El Submarino. Poco tiempo después Carito Lourenço hacía el mismo recorrido. Torres, que venía de ganar una estrella Michelin en La Sucursal, les inculcó la necesidad de mejora constante para poder ser parte de la alta cocina.

Más tarde llegaría El Poblet y Vuelve Carolina, a la vera de Quique Dacosta, endulzando la irrupción del cocinero en la ciudad. Y el momento clave: su emancipación. El final de una aventura, el inicio de una nueva. Crear su proyecto, caminando solos, Carito y Germán. Primero Fierro, el restaurante con una sola mesa. Más tarde Doña Petrona, la cocina de aquí y allá. Porque en su recorrido lo lejos y lo cercano se superpone hasta ser tan solo uno. Todo parecen tenerlo cerca.

Aunque Carito siempre piensa en postres, su trayectoria sólo va por el primer plato.