El aroma de la imprevisibilidad: la noche que comenzó sin saber el destino

17 abril, 2018

Cuando mañana tienes una cena pero no sabes dónde (porque resulta que has contratado un servicio que te lleva a cenar a un lugar ignoto) puedes ser la persona A o la persona B.

Persona A: Disfruta del intríngulis de la incógnita, las ventajas del enigma. Comienza preguntándose dónde acabará cenando… y termina haciendo tablas en el excel emparejando probabilidades y tejiendo una maraña de porcentajes. De paso manda mails de consulta para ver si a los uncovercity se les escapa un spoiler.

Persona B: Uy, demasiada aventura. ¿Yo ir a cenar a un sitio que no voy a conocer hasta el instante en que el coche de Cabify me deje en la puerta? Quita, quita, no vaya a ser que mi cuerpo perciba una pizca de adrenalina y entre en fatal colapso. Lo quiero saber todo por adelantado, decidirlo yo.

Consensuamos que somos una persona del tipo A (¿qué haría una del tipo B leyendo esto?). Con lo cual nos adentramos en el proceloso mundo de acudir a un destino sin conocerlo previamente. Ni que la vida fuera otra cosa…

Una primera sensación en las horas previas. Ir a cenar a un sitio que no conoces lubrica las conversaciones del día. ¿Dónde cenáis hoy? Cuando llegue a la cena te lo digo… Cansados de tanta agendita y de tanto evento en el calendar con la hora y la ubicación cerrada, un reventón de las costuras. A tomar viento tanta previsión. Méteme en un coche y llévame donde tú quieras.

Llega el Cabify a las 21.15h para recogernos. Va, conductora, deme una pista: ¿al final a dónde íbamos? Pero sonríe y no destripa ni una. Al tomar dirección noroeste se me desarbolan todos los pronósticos. Con que aquí…

Y el aquí es Joaquín Schmidt. La conductora nos apea con la sonrisa de quien, a la chita callando, obra lo imprevisto. Cuidado, el enigma sigue. Schmidt, veterano del Vietnam valenciano, más que un restaurante un club, tiene la puerta cerrada. Hay que llamar al timbre. Como una señal a uno mismo sobre la persistencia de las cosas. Definitivamente el aterrizaje ha sido fetén. Bienvenidos, sois los primeros, elegid mesa. Schmidt, el único cocinero, el único camarero y el único ideólogo de su propio restaurante, se prepara para ser el anfitrión de una noche que ya conoce el destino… aunque no qué vamos a comer.

Olor a mirra, fados y la chanson. La casa de Schmidt, de luz bohemia, es el cobijo en el que la imprevisibilidad se convierte en culto. Escucho en una mesa adyacente: “mira que vengo… y siempre caigo”. Ajá. Aceitunas con vermut blanco dulce para sorber con fuerza; un pase con piña ahumada, caviar de fresa y plátano al curry. Un ginfizz frío caliente. El pan de Machi, el aceite. Un inciso: menudo tour de force hace el anfitrión cada noche que pone en marcha la cocina, dando bienvenidas, emplatando y sirviendo tal que si se desdoblara en pequeños schmidts.

La crema de puerros con tocino, caviar de limón y pebrella vence la resistencia. Una mirada y un: joder, qué noche, ¿no? El cebiche de pulpo encauza y el potaje de garbanzos con merluza al ajillo es un desparrame de placer, adiós a la tontería, gloria a la firmeza. Schmidt, que durante la cena ha estado haciendo viajar, tendiendo juegos, trae una lima, pide abrir las manos enseñando palmas, y ralla descerrejando virutas limoneras.

Sumergidos en el encanto de una fiesta cómplice a la que se ha llegado por sorpresa, a la hora del café, el regreso. Cuando se pulsa el botón que acciona la vuelta. Cegados ya por el aroma de la imprevisibilidad…

Aventurarse a lo desconocido es el mejor camino al placer https://uncovercity.com

 

AUTOR
Vicent Molins
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